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Relato: Somos animales en pandemia

Relato: Somos animales en pandemia

  • ¿Por qué la cuarentena desafía nuestros instintos más profundos?
  • Los virus han sido nuestros microscópicos compañeros de viaje desde la prehistoria.
  • Conclusiones desde la jaula en tiempos de pandemia.

La vida es fiesta cuando es en manada

Una manada de leones en cautiverio

Somos animales sociales y amamos vivir en la manada. Y lo hemos hecho de esta manera por miles de años. Fuimos nómadas recorriendo en famélica amistad los paisajes olvidados, por glaciares en busca de alimento. Recolectamos frutos (que pronto tendríamos la genial idea de fermentar), y cazamos animales que hoy no existen más que en los museos.

Poseíamos sentidos ultrasensibles. Vagando por la estepa, éramos capaces de reconocer la proximidad de una amenaza olfateando el viento. De sentir vibraciones en la tierra e intuir hacia dónde se dirigía el mastodonte, invitado de honor a nuestro asado o barbacoa prehistórica. El clan era todo y todos éramos el clan.

La tribu creció y tal como en Age of Empires, construyó aldeas, castillos y finalmente las metrópolis. El reloj de los siglos no se detuvo, evolucionamos siempre ligados a ese pasado gregario de habitar en comunidad, de abrazarnos y chismear. Esta sed de comunicarnos nos hizo superiores a otras especies humanas, y logramos exterminar, por fortuna, a los feos Neandertales.

Nuestros microscópicos compañeros de viaje

Close up de un tronco caído en el bosque

En paralelo evolucionaba un micro mundo oculto a nuestros ojos: Los Virus. Diminutas máquinas biológicas al borde de lo vivo. Los ayudamos a multiplicarse, y al ser parte de nosotros, un 10% de nuestro ADN se hizo viral. Nos han beneficiado impulsando nuestra diversidad y apalancando la evolución, sin embargo; nos maldicen con infecciones y enfermedades. Pareciera que los humanos no les caemos bien y se empeñan en extinguirnos. Por eso les hemos otorgado su propio Jinete del Apocalipsis al lado de la guerra, el hambre y la muerte.

De vez en cuando nos golpean y nos recuerdan que son los verdaderos malditos amos del planeta. Uno de los más duros que nos han dado y que dejó cicatrices en la piel de nuestra especie, ha sido la peste negra. En un lejano siglo XIV, enviaron a la fosa común a decenas de millones, barriendo con más del 60% de la población de Europa. Se contaron más muertos que vivos en el censo del 1348. Más tarde se descubrió que los agentes de transmisión eran las ratas y sus pulgas. En esos años había surgido la oscuridad de la inquisición, y el Papa había declarado en Bula, que los gatos eran claramente adoradores de satanás (obviamente liderados por los gatos negros), por lo que fueron perseguidos y prácticamente eliminados. No es difícil adivinar quienes mantuvieron la población de ratas bajo control.

Y la humanidad solo se transforma, no se extingue

Solo unos cuantos años después, Colón en “La Niña”, el Sarampión en “La Pinta” y la temida Viruela en “La Santamaría”, se harían a la mar y exterminarían el 90% de la población indígena de América. Los compañeros de viaje de Colón fueron mucho más eficaces que la cruz y las carabinas de Cortés. Pronto Europa volvería a brillar con el oro usurpado de las Indias Occidentales.

Ahora enfrentamos nuevamente a este jinete del Apocalipsis, que nos ha acompañado desde antes de que nos bajásemos del árbol. La diferencia está en que ahora conocemos a estos pequeños bastardos. Sabemos que no es un castigo de los dioses del Olimpo, ni tampoco es brujería. Sabemos que para enfrentarlo debemos aislarnos, lo que implica ir en contra de la misma construcción humana.

El zoológico de cemento

Foto Paulo Tapia

La cuarentena nos asfixia, porque este instinto primitivo se ve desafiado. Los deseos de volver a encontrarnos están conectados a la profundidad de quiénes somos como especie. Encerrados nos hemos desquiciado, intentando comprender y dar sentido a lo que vivimos. Somos animales en un vasto zoológico de concreto, mientras otras especies deambulan libres por nuestras ciudades; pumas en Santiago y delfines en Venecia. Atemorizados al comienzo, aceptamos ser manipulados por las redes sociales y la televisión, sobre expuestos a datos manipulados de síntomas, contagios y muerte, aceptamos el encierro y perder nuestras libertades. Algunos incluso vemos sentido en teorías conspiratorias de experimentos biológicos escapados de laboratorios subterráneos en Siberia, o de alienígenas que preparan terreno para la invasión.

Un hecho si es cierto. La naturaleza ha descansado de nuestra presencia. Hemos visto maravillosas fotografías de animales salvajes en calles y mares; el CO2 ha disminuido por primera vez en muchos años y han reaparecido especies que creíamos haber extinguido (Mal, mal trabajo homo sapiens, se nos escaparon esos bicharracos).

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Todos necesitábamos un respiro

Y finalmente la saturación informativa, se transforma nada más que en un ruido de fondo al cual nuestro cerebro cierra sus sensores. Sentados por enésima en el mismo sillón, como un mantra, una noche algo cambia. Reconocemos que tal como el planeta, estamos en pausa. Alejados de la vorágine, volvemos a disfrutar la belleza de las cosas simples. Cómo alegrarnos por el mensaje de un amigo de años, o el que alguien nos prepare un sándwich. Respiramos hondo, y volvemos la mirada hacia nuestro interior.

Encontramos una luz encendida al fin, una gota de claridad que está en nosotros mismos.

Sin saber la habíamos buscado en el brillo de los ojos del otro, en tiendas de moda, en carreras agotadoras. Es algo nuevo, pero que a su vez siempre ha estado ahí. Es un despertar que nos hace mirar desde adentro a quienes compartimos nuestro encierro, y sentirnos afortunados. O darnos cuenta de que el rumbo que lleva nuestra vida no es el que queremos. Cualquiera sea la conclusión es significativa, tiene peso, marcando un antes y un después en nuestro camino.

Y tal vez este despertar, nos haga capaces de volver a oler el viento.

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