Interesante. El más reciente triunfo de la Selección Mexicana dejó ver algo que va mucho más allá del futbol. En redes sociales aparecieron usuarios que parecían más molestos por la victoria que felices por el resultado. La pregunta no es si tienen razón, sino qué dice eso sobre el momento que vive México.
Hubo un tiempo en que el futbol era una especie de tregua nacional que nos unía. Podías discutir de política, religión, economía o de cualquier otro tema, pero cuando jugaba México la conversación cambiaba: todos se ponían la camiseta. La Selección era una de esas pocas cosas capaces de juntar, aunque fuera durante 90 minutos, a personas que pensaban completamente distinto.
Por eso me llamó tanto la atención lo que ocurrió después del triunfo de México. Entre los festejos aparecieron comentarios de personas que parecían sinceramente molestas porque el equipo había ganado.

No porque hubiera jugado mal, porque el árbitro se hubiera equivocado o porque no les gustara el técnico. Yo, por ejemplo, desde aquella eliminación contra Estados Unidos en el Mundial de Corea-Japón 2002, cuando Javier Aguirre era el entrenador, nunca le he tenido especial aprecio al técnico, y su gestión me daba un poco igual. Pero una cosa es eso y otra muy distinta los jugadores y lo que representa la Selección Mexicana (por cierto, que los recientes triunfos ya me empezaron a animar, cuando al inicio del certamen a duras penas y conocía a los convocados).
Pero a los jugadores y lo que representan es otra cosa. El problema es otro: para algunos, celebrar una victoria de la Selección equivalía, de alguna forma, a darle una victoria simbólica al gobierno actual.
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No fueron uno ni dos comentarios perdidos. Bastaba recorrer X o Facebook para encontrar publicaciones donde algunos usuarios escribían cosas como «qué asco ser mexicano esta noche» o lamentaban que el país estuviera celebrando un triunfo deportivo. El futbol había dejado de ser solamente futbol.
El periodista Jairo Calixto Albarrán incluso resumió el momento con una frase que se volvió bastante comentada: «Ganó la Selección, perdió la oposición». Más allá de que uno coincida o no con él —y suele ser un periodista un tanto parcial—, la broma funcionó porque describía un fenómeno que muchos ya estaban viendo en redes.
Y aquí está la parte Interesante.
No creo que esto signifique que la oposición esté en contra de la Selección ni mucho menos. Sería una conclusión tan simplista como decir que todos los aficionados apoyan al gobierno por celebrar un gol. La realidad es bastante más compleja.
Lo que sí parece estar ocurriendo es que la polarización política está empezando a invadir espacios donde antes simplemente no entraba. El futbol, igual que el cine, la música o incluso algunas marcas comerciales, empieza a interpretarse desde la lógica de los bandos. Ya no importa solamente qué pasó. Importa quién parece beneficiarse simbólicamente de lo que pasó.
La polarización afectiva
Los especialistas llaman a esto polarización afectiva. Es cuando dejamos de discutir únicamente sobre ideas y comenzamos a construir nuestra identidad a partir del rechazo hacia el otro grupo. En ese escenario, casi cualquier acontecimiento termina convertido en una oportunidad para marcar territorio. Un concierto, una película, una campaña publicitaria… o un partido de la Selección.
Las redes sociales hacen el resto. Sus algoritmos premian los contenidos que provocan enojo, sorpresa o confrontación. Un comentario moderado pasa desapercibido; uno extremo consigue respuestas, compartidos y miles de visualizaciones. Poco a poco, el debate público termina organizado alrededor de identidades enfrentadas y no necesariamente alrededor de los hechos.
Quizá por eso ya no sorprende tanto ver que un partido de futbol termine convertido en una discusión política. Hoy prácticamente cualquier conversación importante acaba absorbida por esa lógica.

Y no, esto no es un fenómeno exclusivamente mexicano. Ha pasado en Estados Unidos, Brasil, Argentina y varios países europeos, donde acontecimientos deportivos terminan funcionando como símbolos políticos. Hace apenas unos meses, por ejemplo, hubo quienes criticaron a Lionel Messi por aparecer saludando a Donald Trump, mientras otros recordaban la histórica amistad entre Diego Armando Maradona y Fidel Castro. El futbol hace tiempo dejó de vivir aislado de las batallas ideológicas.
La diferencia es que aquí la Selección Mexicana todavía conservaba algo muy valioso: era uno de los pocos espacios donde personas con posturas completamente distintas seguían encontrando un motivo para celebrar juntas.
Por supuesto, tampoco conviene exagerar. No existe evidencia para afirmar que quienes simpatizan con determinado partido quieran sistemáticamente que México pierda. La enorme mayoría de los aficionados sigue viendo el futbol como lo que es: un deporte. Pero el hecho de que una minoría muy visible interprete un gol como una victoria política ya dice bastante sobre el momento que vivimos.
Quizá la pregunta no sea por qué algunos mexicanos parecían molestos con el triunfo de la Selección. La pregunta realmente interesante es otra: ¿en qué momento dejamos de compartir incluso las pocas alegrías colectivas que todavía nos quedaban?
Porque si hasta un gol necesita interpretarse desde la política, entonces el cambio más profundo no ocurrió en la cancha. Ocurrió en la forma en que estamos aprendiendo —o quizá desaprendiendo— a convivir.
Y, al final, dan ganas de repetir aquella línea de Charly García, un músico argentino que entiende muy bien lo que significa vivir en un país donde el futbol es casi una religión —ahí sigue existiendo incluso la Iglesia Maradoniana—: «Necesito un gol». Tal vez hoy necesitamos algo más que eso: recuperar la capacidad de celebrar, aunque sea por noventa minutos, algo que todavía nos pertenece a todos.
