Un viernes a las once de la noche, las realidades se cruzan: mientras en la Roma se presentan nuevos cócteles de autor, en las banquetas de Iztapalapa las cervezas se levantan para cortar el cansancio. En la calle no hay urgencia por irse ni interés por imitar estilos de vida extranjeros; el encuentro es, simplemente, la forma en que la ciudad recupera su propio tiempo. Es aquí donde el discurso global de bienestar o sober curious se topa con la pared de la realidad local.
En los últimos años, la idea de que las generaciones más jovenes están dejando de beber se ha vuelto casi un lugar común en medios globales. Un informe reciente de Gallup (2023) muestra que en Estados Unidos el consumo de alcohol entre adultos jóvenes ha caído de forma sostenida en la última década. La OMS también ha advertido sobre una mayor conciencia en torno a la salud mental y el alcohol en Europa. Pero esa narrativa, repetida como tendencia universal, se desarma cuando aterriza en contextos como el mexicano, donde beber no es solo una elección individual, sino una forma de estar con otros.
El mito de la sobriedad global frente a la calle mexicana
Israel Vázquez, periodista de la industria de destilados en el país, lo dice con una mezcla de ironía y cansancio: “Las agencias analizan el mundo como si todos viviéramos en Brooklyn o Berlín”. Y luego baja la voz, como quien regresa a lo concreto: “Aquí el alcohol es un catalizador social, está en todo, desde el ritual hasta la fiesta de barrio”. No habla de excesos, habla de contexto. De cómo, en México, el primer trago no siempre es una ruptura, sino una introducción. “Es el papá dándote a probar la cerveza para que entiendas qué es”, dice.
El «Wellness» como privilegio de clase
Para una población que trabaja seis días a la semana y gana lo justo para sostenerse, la narrativa del wellness resulta una ficción lejana; en una ciudad que devora el tiempo en traslados infinitos y jornadas extenuantes, la pregunta de “¿por qué no dejar de tomar?” carece de sentido. En este ritmo frenético donde la prisa es la norma, una cerveza es la excusa legítima para obligar al reloj a detenerse y recuperar el encuentro, transformando el agotamiento en comunidad.
El contraste con Europa no es solo cultural, también económico. Según el Banco Mundial (2024), México mantiene niveles de desigualdad significativamente más altos que la mayoría de países europeos. Eso se traduce en algo muy concreto. Vázquez comenta: “El wellness es profundamente clasista”. Hace una pausa y remata: “Cuando tienes necesidades no cubiertas, no estás pensando en correr porque está en tendencia”.
Nuevas formas de beber, el mismo pretexto para convivir
Eso no significa que nada esté cambiando. Hay matices. “La Gen Z no es de irse de hocico como los millennials”, dice Vázquez, medio en broma. Prefieren menos cantidad, más intención. Dos cócteles en un lugar que vieron en redes, una noche más diseñada. Pero el impulso sigue ahí. “El deseo de alterar la conciencia no desaparece, solo cambia de forma”.
La escena se repite en otros lugares, con otras formas. Un estadio lleno, un antro en la Roma, una fiesta en la periferia. Cambian los vasos, cambia la música, pero hay algo que se mantiene: el alcohol como lenguaje común, como permiso colectivo.
La tendencia global habla de sobriedad; la calle mexicana sigue hablando de encuentro.