Durante años, el gran problema de las redes sociales parecía ser lo que ocurría dentro de ellas: acoso, desinformación, contenido sexual, trastornos alimenticios o imágenes capaces de afectar la autoestima. El juicio que comenzó esta semana contra Meta en California introduce una pregunta distinta y potencialmente mucho más importante: ¿qué pasa cuando el problema no es únicamente el contenido, sino el producto diseñado para mantenernos consumiéndolo?
California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey acusan a Meta de utilizar características de Facebook e Instagram para explotar vulnerabilidades de niños y adolescentes, aumentar el tiempo que permanecen conectados y recopilar ilegalmente información de menores de 13 años. Meta rechaza las acusaciones y sostiene que durante años ha desarrollado herramientas de protección para jóvenes y familias.
Sin embargo, los documentos internos que han llegado a los tribunales permiten mirar detrás de la interfaz.
Los jóvenes no eran cualquier usuario
En noviembre de 2018, una investigación interna de Facebook llevaba un título difícil de ignorar: “Long Term Retention: The Young Ones are the Best Ones and Other Learnings”. El documento analizaba cómo la edad a la que una persona comenzaba a utilizar Facebook influía en su permanencia futura.
La conclusión empresarial era poderosa: conseguir usuarios jóvenes podía significar conservarlos durante mucho más tiempo.
Otros documentos presentados durante los litigios muestran hasta qué punto esa relación podía cuantificarse. Meta llegó a calcular el valor de vida de los adolescentes, es decir, cuánto ingreso podía representar un usuario a lo largo de su relación con la plataforma. Además, la demanda de los estados sostiene que la compañía vigilaba métricas como el tiempo que los adolescentes pasaban dentro de Instagram.
Esto cambia la manera de entender el juicio. No estamos hablando solamente de una empresa intentando conseguir usuarios. Estamos hablando de una compañía capaz de medir cuánto valía captar a una persona joven y cuánto tiempo podía conservarla.
Meta también estudiaba el otro lado de la pantalla
Lo más revelador aparece cuando esos documentos se comparan con investigaciones internas sobre bienestar.
Un estudio de Meta de 2019 sobre salud mental adolescente, presentado posteriormente como evidencia judicial, recogía testimonios de jóvenes que sentían que no podían desconectarse de Instagram aunque quisieran. Los investigadores describieron una relación en la que algunos adolescentes reconocían pasar demasiado tiempo en comportamientos que consideraban negativos, pero tenían dificultades para detenerlos.
Es decir, dentro de la misma compañía convivían dos tipos de conocimiento: cuánto podía valer la permanencia de un usuario joven y qué podía experimentar ese usuario mientras permanecía conectado. Ese contraste está ahora en el centro del juicio.
Arturo Béjar, antiguo director de ingeniería de protección y cuidado de Facebook, declaró esta semana que Instagram mantuvo en la práctica una actitud de “no preguntes, no digas” frente a menores de 13 años y que las métricas de engagement podían imponerse a determinadas decisiones de seguridad. Meta cuestiona su interpretación.
Béjar tampoco acaba de aparecer. En 2023 declaró ante el Senado de Estados Unidos sobre los problemas que, desde su perspectiva, existían en la manera en que Meta medía las experiencias negativas de los adolescentes.
¿Puede una interfaz causar responsabilidad?
Esta es la parte que convierte el caso Meta en algo mucho mayor que Instagram. Durante décadas, buena parte de la regulación de internet preguntaba quién debía responder por el contenido publicado por los usuarios. Ahora comienza a aparecer otra cuestión: qué responsabilidad tiene una compañía sobre las herramientas que ella misma diseña para conseguir que sigamos mirando.
Si bien, acciones como el scroll infinito, reproducción automática, notificaciones, recomendaciones algorítmicas y métricas sociales, ninguna es perjudicial por definición. De hecho, muchas hicieron internet más cómodo, personalizado y entretenido. El problema jurídico aparece cuando esos mecanismos se utilizan sobre usuarios particularmente vulnerables y la compañía conoce los posibles riesgos. Ahí está la frontera que este juicio intenta mover.
La ciencia obliga a ser cuidadosos
Eso tampoco significa que pueda afirmarse simplemente que Instagram causa depresión. Un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics revisó 143 estudios con 1,094,890 adolescentes. Encontró asociaciones positivas entre el uso de redes sociales y síntomas internos como ansiedad y depresión, pero también una elevada heterogeneidad entre los resultados. La relación existe; explicar exactamente su causalidad es mucho más complejo.
El propio Surgeon General de Estados Unidos ha advertido que los jóvenes que utilizan redes sociales durante más de tres horas diarias presentan aproximadamente el doble de riesgo de experimentar determinados problemas de salud mental. Al mismo tiempo, las redes también pueden generar comunidad, información y conexiones positivas.
Ese matiz importa porque Meta tiene una defensa legítima que deberá escucharse: correlación no significa causalidad y los efectos de las redes no son iguales para todos los adolescentes.
Los estados, sin embargo, intentan probar algo ligeramente diferente: no que Instagram enferme inevitablemente a quien lo utiliza, sino que Meta conocía determinados riesgos mientras seguía optimizando productos para conseguir más uso y retención entre jóvenes.
Después del contenido viene el diseño
Si ese argumento prospera, las consecuencias pueden salir rápidamente de Instagram; y así ir con TikTok, YouTube, Snapchat, videojuegos, aplicaciones de citas y ahora los compañeros de inteligencia artificial que comparten una característica económica fundamental: necesitan conseguir que el usuario vuelva. Lo que significa que este juicio puede marcar una transición.
Durante los primeros años de internet discutimos quién debía responder por lo que se publicaba. Después discutimos quién podía quedarse con nuestros datos. La siguiente gran conversación podría ser quién responde por los mecanismos utilizados para capturar nuestra atención.
Meta todavía puede ganar total o parcialmente el proceso. El jurado apenas comienza a escuchar las pruebas. Pero la pregunta ya llegó a los tribunales, y quizá termine siendo una de las preguntas más importantes de la próxima internet: ¿hasta dónde puede llegar una plataforma para conseguir que no queramos salir de ella?