Hace unos meses fui con una amiga a Fotorec, una cabina de fotos estilo coreano en la colonia Juárez. Antes de entrar escogimos accesorios, nos acomodamos frente a la cámara y tratamos de decidir qué hacer con las manos. Luego empezó la cuenta regresiva. Tres, dos, uno. Para la cuarta foto ya habíamos dejado de posar.
Salimos con una tira de imágenes pequeñas. En una mirábamos a cámaras distintas, en otra la sonrisa llegó tarde. Ninguna era exactamente la foto que habríamos elegido entre veinte intentos con el celular. Tal vez por eso me gustaron.
Vivimos rodeados de cámaras capaces de corregir casi cualquier cosa (y ahora más con la IA). Podemos tomar cincuenta fotos, borrar cuarenta, ajustar la luz y publicar solamente aquella donde todo parece haber ocurrido en el momento preciso. Y, en medio de esa abundancia, estamos haciendo fila para meternos en una caja y aceptar cuatro oportunidades.
Corea, el país que inicio el regreso de las cabinas
Las cabinas fotográficas alguna vez fueron parte del mobiliario cotidiano. Estaban en estaciones, plazas comerciales y lugares de entretenimiento; después, las cámaras digitales y los teléfonos hicieron innecesaria buena parte de su función práctica. En Corea del Sur siguieron otro camino: evolucionaron hacia las llamadas four-cut photos, cuatro retratos consecutivos impresos en una tira, acompañados por marcos, fondos y accesorios.
El formato se convirtió en un ritual especialmente popular entre jóvenes. Según la Organización de Turismo de Corea, los establecimientos automatizados dedicados a estas fotografías pasaron de 1,006 en 2023 a más de 3,000 en 2024, y más del 80% de sus usuarios son adolescentes y veinteañeros.
La ola coreana ayudó a que esa costumbre viajara. En Ciudad de México ya existen distintas versiones del mismo ritual. Photo Signature permite elegir marcos temáticos e incluso simular fotografías con idols; Fotorec suma vestuario y accesorios; Fotoautomat México propone algo todavía más radical: revelado químico, sin pantalla, filtros ni segunda oportunidad.

El gusto por una fotografía que se puede tocar
Hay otra razón para entender este regreso, y tiene menos que ver con Corea que con nuestros teléfonos.
Nathan Jurgenson explica en The Social Photo que las fotografías digitales se volvieron rápidas, baratas y abundantes. Esa misma transformación hizo que las fotografías físicas adquirieran un valor diferente: tienen peso, textura, ocupan espacio y pueden sobrevivir fuera de una pantalla. También plantea que hoy fotografiamos para comunicarnos; una imagen funciona muchas veces como una frase dentro de una conversación.
La cabina mezcla perfectamente esas dos cosas. La tira termina fotografiada otra vez con el celular y aparece en Instagram, TikTok o WhatsApp. Pero el original queda en la cartera, pegado en un espejo o guardado dentro de un libro.
Y hay algo extraño en eso. Tenemos miles de fotografías almacenadas en nuestros teléfonos que probablemente nunca volveremos a mirar, mientras cuatro imágenes diminutas pueden acompañarnos durante años.
Una foto pesa distinto cuando termina viviendo entre nuestras cosas.
Todavía tengo presente aquella tira de Fotorec. Recuerdo menos las poses que los segundos entre cada disparo, cuando mi amiga y yo intentábamos decidir rápidamente qué hacer frente a la cámara.
Quizá ahí está parte del encanto de estas máquinas. Durante unos segundos dejamos de seleccionar cuál versión nuestra merece quedarse. La cortina se cierra, comienza la cuenta regresiva y la máquina decide cuándo guardar el momento.

