Laboratorio de fertilidad con tecnología de reproducción asistida e inteligencia artificial Laboratorio de fertilidad con tecnología de reproducción asistida e inteligencia artificial

Tener hijos podría convertirse en la próxima tecnología de lujo

La reproducción asistida ya no solo busca resolver problemas de fertilidad. La genética y la inteligencia artificial están ampliando las decisiones disponibles antes del nacimiento, pero también abren una pregunta: ¿quién podrá pagar esas posibilidades?

Hasta hace poco, “darle lo mejor a tus hijos” tenía un significado bastante reconocible: una buena escuela, mejores médicos, una casa segura o quizá una herencia. Todo ocurría después del nacimiento. Sin embargo, la tecnología está empezando a desplazar esa frontera.

La fertilización in vitro permite crear embriones fuera del cuerpo. Las pruebas genéticas pueden detectar determinadas alteraciones antes de una transferencia. Algunos servicios han comenzado incluso a utilizar puntuaciones poligénicas para estimar la predisposición a enfermedades complejas. Mientras tanto, sistemas de inteligencia artificial ya se estudian como herramientas para ayudar a decidir qué embrión transferir.

La pregunta empieza a resultar incómoda: ¿qué sucede cuando el dinero ya no compra solamente mejores oportunidades para un hijo, sino también la posibilidad de intervenir en ciertas decisiones biológicas antes de que nazca?

La desigualdad puede comenzar antes del nacimiento

Jacob Dreyer planteó recientemente una versión provocadora de esta posibilidad en Noema. En las sociedades ricas, escribió, la salud personal y la reproducción están convirtiéndose en una tecnología de élite.

Eso no significa que exista ya una generación de “bebés diseñados”. La realidad es bastante menos espectacular, pero quizá por eso mismo más interesante.

La American Society for Reproductive Medicine calcula que un solo ciclo de fertilización in vitro en Estados Unidos puede costar entre 15,000 y 25,000 dólares. Además, muchas personas necesitan más de un intento. La propia organización considera el costo una de las principales barreras para acceder a estos tratamientos.

Ahí aparece una diferencia fundamental: la tecnología reproductiva puede avanzar rápidamente, pero el acceso a ella no necesariamente avanza al mismo ritmo.

Ya no solo elegimos embriones con los ojos

Durante décadas, los embriólogos han evaluado características visibles para decidir qué embriones parecen tener mayores posibilidades de prosperar. Ahora aparece un nuevo participante: el algoritmo.

Investigaciones publicadas en Fertility and Sterility han estudiado modelos de inteligencia artificial capaces de analizar características morfológicas y ordenar embriones según sus probabilidades estimadas de nacimiento. Otros trabajos han comparado directamente las decisiones de sistemas de IA con las de embriólogos. Sin embargo, hay un detalle importante: la tecnología todavía está lejos de ser infalible.

Un estudio publicado en 2026 encontró una variabilidad considerable entre distintos modelos de IA utilizados para ordenar embriones y advirtió que esa inconsistencia limita, por ahora, su confiabilidad clínica. La IA ya entró al laboratorio de fertilidad, pero todavía está aprendiendo.

Especialista analiza embriones con ayuda de inteligencia artificial en un laboratorio de fertilidad
Los algoritmos comienzan a participar en el análisis y clasificación de embriones, pero la evidencia científica todavía exige cautela antes de convertir estas herramientas en decisiones clínicas automáticas. Foto: Canva

De evitar una enfermedad a buscar una ventaja

Por ahora, la frontera más delicada aparece con las pruebas genéticas. El diagnóstico genético preimplantacional permite analizar embriones durante un proceso de FIV para detectar determinadas enfermedades hereditarias o anomalías cromosómicas. Más recientemente ha surgido algo diferente: el screening embrionario poligénico, que intenta estimar predisposiciones genéticas relacionadas con enfermedades complejas, como la diabetes o los problemas cardiovasculares. La posibilidad existe, pero la certeza no.

En diciembre de 2025, la American Society for Reproductive Medicine concluyó que estas pruebas poligénicas todavía no están listas para incorporarse como un servicio reproductivo rutinario, debido a sus limitaciones predictivas y a las dudas científicas y éticas que persisten.

Aun con esas limitaciones, el cambio ya merece atención. La selección de embriones empieza a incorporar información que va más allá de detectar una alteración genética concreta y entra en el terreno de estimar riesgos futuros.

No hace falta imaginar un escenario en el que sea posible elegir la inteligencia, la altura o la personalidad de un bebé. La discusión comienza mucho antes: cuando la tecnología ofrece a algunos padres cada vez más información —y más opciones— sobre los embriones entre los que pueden elegir la personalidad de un bebé para discutir este cambio. Basta con observar hacia dónde se está moviendo la industria.

El verdadero lujo podría ser biológico

Durante buena parte de la historia tecnológica ocurrió algo curioso: lo extraordinariamente caro terminó volviéndose cotidiano. Las computadoras ocuparon edificios antes de caber en un bolsillo. Internet pasó de universidades y gobiernos a estar disponible en prácticamente cualquier teléfono.

Del mismo modo, la tecnología reproductiva podría seguir un camino similar y, con el tiempo, democratizarse. Pero existe un periodo intermedio que importa. Si las primeras generaciones de tratamientos reproductivos más avanzados, análisis genéticos, medicina personalizada e inteligencia artificial aplicada a la fertilidad están disponibles principalmente para quienes pueden pagarlos, aparece una nueva categoría de desigualdad.

Ya no se trataría únicamente de quién puede comprar la mejor educación después del nacimiento. Se trataría también de quién puede pagar más información y más opciones antes de que ese nacimiento ocurra.

Ese es el cambio que vale la pena observar. El futuro de la desigualdad quizá no se manifieste únicamente en nuestras casas, escuelas o cuentas bancarias. Podría comenzar mucho antes, dentro de un laboratorio.

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