Del barrio latino al centro del espectáculo estadounidense
Si a finales de los años noventa, cuando Benito Antonio Martínez Ocasio aún no cumplía diez años, alguien les hubiera dicho a sus padres —un camionero y una maestra de inglés— que en 2026 su hijo sería el artista musical latino más popular del mundo y una figura central de una revolución cultural y mediática dentro del espectáculo estadounidense, probablemente habrían pensado que se trataba de una broma.
Construyendo a Bad Bunny
El futuro Bad Bunny nació en 1994 en el barrio Almirante Sur de Vega Baja, Puerto Rico, y creció escuchando salsa y a los pioneros del reggaetón como Vico C y Tego Calderón.
También era fan de la lucha libre mexicana. En 2025 asistió de incógnito, con una máscara del luchador Místico, a la Arena México de la Ciudad de México.
Pero quizá su mayor logro en esos años fue comenzar a construir, sin saberlo, al personaje que definiría su historia.
Ese personaje nació de una imagen infantil en la que aparece disfrazado de conejo malo, con una expresión adusta, incómoda, fuera de lugar, como de pocos amigos.
El artista como símbolo: amigos, aliados y poder cultural
Hoy puede presumir no solo de contar con amigos y aliados influyentes como Residente, Drake, Rosalía o Pedro Pascal, sino de millones de seguidores que no lo consumen únicamente como músico, sino como símbolo.
Donald Trump y la política de la provocación
Donald Trump nació en 1946 en una familia adinerada de Queens, Nueva York.
En los años noventa, mientras Benito Ocasio aún recorría su barrio en patineta, Trump —quien todavía no imaginaba convertirse en presidente y aseguraba no tener interés alguno en la política— llamaba la atención no solo por su fortuna, sino por su afición al deporte de la provocación.
En una entrevista con la BBC en 1998 se describió así:
“Soy un artista que construye los edificios más grandes del mundo y mi dinero me permite hacer lo que quiero”.
Cuando la cultura pop desafía al poder político
Tres décadas después, esos dos universos colisionan de frente en el escenario más grande del entretenimiento estadounidense: el Super Bowl.
El joven de barrio puertorriqueño ha desafiado al que muchos consideran el hombre más poderoso del mundo. Bad Bunny se presentará en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl en un contexto político especialmente tenso, marcado por una ofensiva frontal de Donald Trump contra el mundo latino.
Una campaña de deportaciones agresiva y extrema ha normalizado la sospecha sobre quien habla español o tiene un color de piel “equivocado”.
“Fuera ICE”: el silencio como gesto político
En ese escenario aparece un artista con nombre en inglés y letras en español que no se limita a cantar.
En la pasada entrega de los Grammy lanzó un mensaje directo, sin aspavientos ni gritos:
“El odio se vuelve más fuerte con más odio. La única cosa más poderosa que el odio es el amor. No somos animales ni extraterrestres. Somos humanos y somos estadounidenses”.
Cuando pronunció “Fuera ICE”, no levantó la voz ni golpeó el micrófono.
Miró al frente, hizo una pausa mínima —quizá un segundo incómodo— y dejó que la frase cayera sola en la sala.
En la transmisión se alcanzó a ver a varios asistentes ponerse de pie sin aplaudir, como si aún no supieran qué estaban validando: un discurso político o un gesto cultural del que ya no había vuelta atrás.
Reacciones, apoyos y acusaciones previsibles
Ese fue su discurso y esa, su postura.
El mensaje incomodó, pero también convenció incluso a quienes no son fans de su música y aplaudieron la decisión de colocar el tema sobre la mesa desde un lugar de poder cultural.“No me gusta su música, pero bien por Bad Bunny”, fue una de las frases que inundaron las redes.
Ricky Martin calificó su presentación como “una victoria cultural y humana”: “Has llegado lejos sin soltar de dónde vienes. Ganaste sin cambiar el color de tu voz. Ganaste sin borrar tus raíces”, escribió en una carta que se volvió viral.
Desde sectores conservadores llegó la acusación previsible: Bad Bunny estaría promoviendo el odio. Trump aseguró inicialmente no conocerlo, pero más tarde calificó como una “locura” su inclusión en el medio tiempo y lo tachó de radical.
“Nunca he oído hablar de él. No sé quién es ni por qué lo hacen, es una locura… me parece absolutamente ridículo”, reportó The Independent.
La frase no vino acompañada de argumentos ni de contexto. Trump la dijo sonriendo, con el mismo tono con el que suele desestimar todo aquello que no controla.
El Bad Bunny Bowl
En ese contexto, muchas cosas están sucediendo alrededor del estadio y fuera de él.
Mientras Bad Bunny se prepara para ocupar el centro del espectáculo más visto de la televisión estadounidense, el Super Bowl LX llega acompañado de un clima de tensión que trasciende lo deportivo.
En los días previos al partido, el Consulado de México en San Francisco pidió a la comunidad mexicana viajar “de manera responsable” ante posibles redadas del ICE en el Área de la Bahía. También difundió recomendaciones y líneas de emergencia para connacionales que asistan a los eventos relacionados.
“Los últimos meses el clima político y social han estado muy fuertes aquí en Estados Unidos, especialmente en ciudades con grandes comunidades latinas”, cuenta un joven inmigrante de ascendencia mexicana que vive en el país.
“Aquí en Los Ángeles se ha sentido mucho miedo por las redadas”, agrega. Aun así, admite sentirse parte —aunque con inquietud— de lo que muchos ya llaman el Bad Bunny Bowl.
Es difícil no leer esta coincidencia como un síntoma. Mientras millones celebran, bailan y apuestan, otros miden rutas, guardan teléfonos de emergencia y se preguntan si asistir a un evento masivo implica también exponerse.
El Super Bowl vuelve a ser espejo del país: fiesta para unos, alerta para otros, y un recordatorio incómodo de que el espectáculo y la política ya no caminan por carriles separados.
“Tener a Bad Bunny como un representante latino es algo que nos llena de orgullo y nos da esperanza de que nuestras voces también sean oídas”, añade. “Yo veré el Super Bowl, pero más que nada por él. Por ver cómo nos representará a todos”.
El instagram también se ha llenado de referencias al tema, y el comediante mexicano Daniel Beltrán, contó la situación muy a su estilo en su cuenta, en uina colaboración exclusiva con Interesante.
Cabe mencionar que California es uno de los estados con más mexicanos y latinos en Estados Unidos. Las movilizaciones de alerta para detectar patrullajes y redadas del ICE son otras de las medidas que rodean el llamado Bad Bunny Bowl.
Cuentas de Instagram como Siren Inmigrants Rights en the Bay Area y Central Valley son verdaderos héroes cibernéticos que ayudan a evadir las redadas.
Es un poco de alegría después de meses de tensión continua.
Las divisiones en el país se notan cada vez más: por un lado, quienes apoyan a este presidente y lo que representa levantan la voz con mayor fuerza; por el otro, quienes luchan por la igualdad también son muchos, pero no siempre pueden expresarse con la misma libertad por miedo a represalias sociales o gubernamentales.
El verdadero problema: identidad, no música
Si Bad Bunny fuera venezolano, Trump ya habría invadido aquel país para apresarlo.
No lo nombró como artista ni como fenómeno: lo redujo a una anomalía, algo que “no debería estar ahí”.
Pero el problema de Trump con Bad Bunny no es una aversión a las zanahorias —los memes llevan años retratándolo de ese color—. El problema es otro: Bad Bunny es latino.
Además, sus letras han dejado de ser únicamente fiesta, sexo y vida urbana para convertirse en un vehículo político directo, incómodo y masivo, empaquetado en el lenguaje del reggaetón que consume la generación actual.
Analistas y expertos ven en esta reacción la tensión entre una cultura pop cada vez más diversa y sectores tradicionalistas que sienten que el centro simbólico del país se les escapa.
Bad Bunny y la historia latina del Super Bowl
La presencia latina en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no es nueva, pero durante décadas fue excepcional.
El escenario más visto de la televisión estadounidense estuvo reservado casi por completo a figuras anglosajonas, mientras la diversidad aparecía de forma puntual y secundaria.
Gloria Estefan abrió camino en 1992 y regresó en 1999, cuando la música latina empezaba a ganar visibilidad global.
En 2020, Shakira y Jennifer Lopez protagonizaron uno de los shows más latinos y vistos de la historia. En ese mismo espectáculo, Bad Bunny y J Balvin aparecieron como invitados especiales, confirmando que el reggaetón ya era una fuerza central de la cultura pop.
De invitado a protagonista absoluto
Seis años después, el contexto cambió.
En 2026, Bad Bunny encabeza en solitario el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX. No como invitado ni como gesto simbólico, sino como protagonista absoluto.
Cultura, apuestas y paranoia en tiempos de polarización
El mercado lo ha entendido bien.
Apple anunció experiencias inmersivas en algunas de sus tiendas, incluyendo una listening session de 15 minutos para “CAFÉ CON RON” en Spatial Audio. Incluso las casas de apuestas han lanzado predicciones sobre su presentación: desde si lanzará alguna consigna contra ICE hasta si aparecerá con falda o vestido.
Más allá de la expectación, la tensión está ahí.
En redes sociales circularon rumores sobre amenazas de muerte y supuestas medidas de seguridad extremas, como una prenda antibalas que algunos creyeron identificar en una foto de Instagram. Más tarde se aclaró que se trataba de un esmoquin Schiaparelli con corsé estructural.Verdaderos o no, estos rumores dicen menos sobre el artista que sobre el clima de violencia y polarización que rodea al evento.
Trece minutos que ya son historia
“En realidad no quiero dar ningún adelanto. Va a ser divertido, va a ser una fiesta y la gente solo va a tener que preocuparse de bailar”, dijo Bad Bunny sobre su presentación. El mensaje retrata al mismo niño de los años noventa que solo se preocupaba por afinar su flow, sin saber que ese ritmo lo llevaría a ocupar un lugar históricamente negado.
El Super Bowl LX se celebrará el domingo 8 de febrero de 2026. El partido comenzará a las 18:30 horas en la costa este de Estados Unidos, lo que equivale a las 17:30 horas en el centro de México.
El propio artista ha confirmado que su presentación durará 13 minutos y que, hasta ahora, no hay invitados especiales anunciados.
“Tengo muchos invitados: van a ser mi familia, mis amigos, toda la comunidad latina alrededor del mundo que me apoya y todo el país”, comentó recientemente con una sonrisa.
“Saben que es algo que no voy a decir, no sé por qué lo preguntan”.
Un país que ya no puede ignorar el cambio
El Super Bowl ya no es solo un partido ni un espectáculo musical.
Es una puesta en escena del país que Estados Unidos es —y del que ya no puede dejar de ser—.
En millones de salas, bares y salas de estar aparece una imagen imposible de ignorar: un hombre cantando en español en el centro del ritual más visto de la cultura estadounidense.
El debate ya no es si Bad Bunny pertenece a ese escenario, sino qué dice de un país que ya no puede imaginar el espectáculo sin él.
El centro cultural de Estados Unidos se ha desplazado —de idioma, de rostro, de relato— mientras muchos siguen mirando hacia otro lado.