Hace ocho años, Olga Rodríguez, Romeo Gómez López y Laos Salazar abrieron Salón Silicón con una intuición sencilla. Había demasiadas artistas mujeres produciendo obra relevante sin encontrar dónde exhibirla. «Queríamos ser el lugar donde les pudiéramos dar chance de cometer errores, de crear, de tener un espacio para ellas», recuerda Olga. Con el tiempo, la comunidad terminó moldeando la identidad del proyecto y aquella galería nacida para abrir puertas también se convirtió en un punto de encuentro para artistas LGBT+.
La escena que mejor explica esa transformación ocurrió durante la exposición Praxis Transmasculina, curada por Karl Frías. Olga recuerda que muchas personas llegaban sin saber qué significaba siquiera la palabra «transmasculino». «Era empezar desde un principio muy principio», dice entre risas. Después describe una imagen imposible de olvidar: «Es como asomarte por la ventana y ver que hay gente con chamarra y bufanda y gente en short… ¿Cómo mido yo esta sociedad?». La pregunta resume la distancia que todavía existe entre quienes ya habitan estos debates y quienes apenas empiezan a encontrarlos.
El archivo de lo que no se ve
Ese contraste también aparece fuera de la galería. El INEGI estima que alrededor de cinco millones de personas en México forman parte de la población LGBTI+, aunque los niveles de discriminación y afectaciones emocionales siguen siendo elevados. Al mismo tiempo, han surgido nuevos espacios culturales impulsados por la propia comunidad, como el recién inaugurado Museo de Arte Transfemenino en la Ciudad de México, una señal de que el arte también está construyendo memoria donde antes había ausencia.
Mientras muchos imaginan el arte contemporáneo como un territorio reservado para coleccionistas, Olga habla de otro público. «Los que vienen aquí son más estudiantes de arte. No se ve mucha élite, ni mucho dinero.» Después reconoce que también conversa con compradores que hablan de colecciones y precios en dólares. Entre ambos mundos intenta construir un puente para que los artistas puedan vivir de su trabajo sin cerrar la puerta a quienes llegan simplemente por curiosidad.
Ahora la galería se prepara para dejar la casa que la ha albergado durante años. La renta siempre estuvo al límite de lo que un proyecto independiente podía sostener. El nuevo destino todavía es incierto, pero Olga tiene claro por qué vale la pena seguir. «Siento el mundo muy transfóbico. Siento el barrio muy transfóbico. Y siento que es justo por eso que tenemos que resistir y seguir existiendo.»
Los refugios culturales también dibujan el futuro de una ciudad.
Quizá por eso Salón Silicón nunca ha sido únicamente una galería. Entre cuadros, conversaciones y puertas abiertas, ha funcionado como un archivo vivo de personas que encontraron un lugar para imaginarse completas. Cuando esa casa cierre en octubre, las paredes quedarán vacías. Lo que ocurrió dentro seguirá buscando otra dirección.
SALÓN SILICÓN
📍 Tehuantepec 223, Col. Roma Sur
🕐 Martes a viernes 12 – 6 pm / Sábado 12 – 3 pm
📱 @salonsilicon