¿A la gente todavía le importan las películas que ganan el Oscar?
Hubo un tiempo en que ganar el Oscar significaba algo muy concreto: entrar al canon, dominar la conversación y colarse en la lista de pendientes de millones de personas. que esa película iba a entrar al canon, a la conversación y, de paso, a la lista de pendientes de millones de personas. Hoy ya no. Hoy el Oscar no manda. Apenas señala.
Y eso fue justamente lo más interesante de la edición 2026: no que haya premiado malas películas ni que se haya vuelto irrelevante de un día para otro, sino que ya no logra ordenar la cultura como antes. Ni siquiera cuando intenta fabricar conversación.
La ceremonia siguió apostando por el mismo libreto de los últimos años: tensión, chistes forzados, momentos incómodos, pequeñas polémicas diseñadas para circular en redes. Pero esta vez ni eso prendió. Lo de Timothée Chalamet, que pudo haberse convertido en el gran momento viral de la noche, se quedó en ruido de corto alcance. Hubo burla, sí. Hubo incomodidad, también. Lo que no hubo fue permanencia. Y ahí está la señal: el Oscar ya no tiene el monopolio del evento cultural.
Lo que cambió no es solo el Oscar. Es el ecosistema en el que intenta existir. Hollywood antes organizaba la conversación; hoy opera dentro de un sistema fragmentado: plataformas en flujo constante, algoritmos que aíslan audiencias y una atención distribuida en micro-momentos. Ningún premio puede ordenar lo que ya no tiene centro.
Eso no significa que ya no haya buen cine. Al contrario. Lo que pasa es que el prestigio ya no coincide automáticamente con el impacto. Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, se llevó el premio grande y confirma algo que Hollywood todavía sabe hacer bien cuando quiere: premiar películas que parecen leer el desgaste ideológico del presente. Es una comedia, sí, pero también una película que se ríe de los absolutos, de los extremos, del tono mesiánico con el que hoy casi todo quiere presentarse. Más que dictar una verdad, registra un cansancio.
En el otro extremo estuvo Sinners, una película eficaz, vistosa, discutible. Tiene energía, atmósfera y oficio, pero también deja esa sensación demasiado contemporánea de obra inflada por su importancia temática. No porque el tema racial no importe, sino porque el cine reciente a veces confunde urgencia moral con profundidad narrativa. Y el público ya aprendió a detectar la diferencia.
Luego aparece Valor sentimental, quizá la más reveladora de todas por una razón distinta: parece venir de otro ritmo histórico. Mientras buena parte del cine anglosajón siente la necesidad de subrayar qué posición ocupa frente al mundo, esta película simplemente observa. No se apura por mandar un mensaje. No convierte cada escena en consigna. En 2026, eso ya casi parece un gesto radical.
Y después está el caso más útil para leer dónde estamos: Frankenstein, de Guillermo del Toro. Ganó donde debía ganar: en lo técnico. Diseño, vestuario, efectos, manufactura. Ahí su cine sigue siendo de altísimo nivel. Pero en lo narrativo aparece otra vez la misma intuición que ya empieza a agotarse: el monstruo como figura romántica, sensible, incomprendida. Del Toro lo hace bien. El problema es que ya lo vimos. Durante dos décadas, la cultura pop convirtió al monstruo en protagonista moral. El villano dejó de ser villano. El antihéroe ocupó el centro. El monstruo se volvió espejo. Y quizá justo por eso esa fórmula ya no sorprende.
Entonces, ¿siguen importando las películas que ganan el Oscar? Sí. Pero no porque nos digan qué ver primero.
Importan porque revelan algo más útil: qué clase de historias todavía quiere legitimar Hollywood, qué sensibilidades siguen siendo premiables y qué ideas ya empiezan a sentirse gastadas. El Oscar ya no crea el centro de la conversación. Apenas deja ver dónde cree que todavía existe.
Y quizá hoy eso sea más valioso que el prestigio mismo.