Las Kittychelas en México: cuando el vaso importa más que la bebida
Es domingo, mediodía y en la Lagunilla alguien levanta una licuadora transparente llena de hielo, chamoy y cerveza. Dentro, un popote fluorescente atraviesa la mezcla espesa como si fuera un trofeo. Dos celulares se inclinan al mismo tiempo. Antes del primer trago, ya hay foto.
Alejandra Villegas lo ha visto repetirse cientos de veces. Desde su trabajo como editora de Donde Ir observa las tendencias, dice que el alcohol dejó de ser sólo bebida para convertirse en escena. “Estamos viviendo la era de lo presumible”, explica, como quien describe algo que ya no sorprende pero sigue creciendo. En esa lógica, una licuachela importa por cómo se ve, por el gesto de sostenerla, por el instante en que aparece en redes.
¿Generación sobria? El mito frente a la estadística real?
Mientras tanto, los datos amplían esta escena ya que entre 2020 y 2024, más de la mitad de la población en 14 estados del país consumió alcohol al menos una vez al año, según datos gubernamentales. No es una desaparición del consumo; es un desplazamiento. En lugares como Aguascalientes o la Ciudad de México, donde más de la mitad de la población reporta consumo anual, la bebida sigue presente, sólo que ahora también se diseña para la cámara.
En Mezontle, alguien sostiene una kittychela: un vaso intervenido con estética infantil, colores saturados, dulces adheridos como si fueran ornamento. La imagen circula, se guarda, se replica y se anhela entre otros usuarios. Está imagen captura exactamente lo que Alejandra describe. No es sólo una bebida, es un objeto diseñado para ser visto antes de ser bebido.
Kittychelas y Simi: cuando el barrio se vuelve aspiracional
Hay una lógica económica detrás de esa escena. La cerveza artesanal, con precios más altos por carga fiscal, queda fuera del alcance cotidiano de muchos jóvenes. Lugares como el Tepito de las licuachelas han logrado algo que las agencias de publicidad envidian: cruzar la frontera de lo popular a lo aspiracional. El periodista experto en alcohol, Israel Vázquez lo analiza desde la óptica de la identidad:
“Antes, ir a una pulquería o a un puesto de micheladas en el tianguis era visto con desdén. Hoy, es un destino turístico. Lo que cambió no fue la bebida, fue la cámara con la que la miramos”.
Las grandes marcas han sabido leer ese terreno. Victoria, por ejemplo, entendió que su mercado no sólo busca sabor, sino ritual accesible así que lanzó mezclas con mango, piña y chamoy y las empujó con influencers que hablan el mismo lenguaje que sus consumidores . La calle y la industria, por momentos, parecen dialogar en el mismo código.
El triunfo del envase: Cuando el alcohol es el accesorio
En medio de eso, el consumo se fragmenta. Hay quienes buscan bebidas más ligeras, otros que se quedan en lo clásico, y muchos que orbitan alrededor de estas experiencias visuales. La cerveza sigue siendo un punto de encuentro, un gesto compartido, aunque cambie de forma y de envoltura.
En ese cruce entre economía, cultura digital y necesidad de pertenencia, el envase se vuelve protagonista. No es accesorio, es mensaje. Un vaso con forma de personaje, una licuadora convertida en copa, un peluche atado al popote: cada elemento dice algo antes de que el alcohol haga efecto.
La experiencia se bebe con los ojos antes que con la boca.