El sol del mediodía caía sobre las enredaderas de la Universidad de la Comunicación cuando alguien lanzó una pregunta que parecía más una confesión que una intervención. No hablaba de algoritmos ni de productividad. Hablaba del miedo. Frente a un patio lleno de estudiantes, periodistas y curiosos, la duda era sencilla: ¿habrá espacio para quienes apenas comienzan?
El Primer Encuentro de Periodismo e Inteligencia Artificial en la Ciudad de México empezó como suelen empezar las conversaciones sobre tecnología: herramientas, procesos, eficiencia. En el escenario se discutían licencias, automatización y modelos generativos. Entre las sillas plegables de colores y el calor que evaporaba la lluvia de la noche anterior, la inteligencia artificial aparecía como un asistente más dentro de la redacción. Pero algo cambió conforme avanzó la mañana. Las preguntas técnicas fueron perdiendo terreno y apareció otra inquietud, más difícil de responder: ¿qué ocurre con una profesión cuando una máquina aprende a escribir?
La pregunta no surge en el vacío. Según el Instituto Reuters, más de la mitad de las redacciones del mundo experimentaron con herramientas de IA generativa durante 2024, mientras medios de distintos tamaños comenzaron a integrarlas en tareas de edición, búsqueda de información y producción de contenidos. Al mismo tiempo, OpenAI reportó este año que ChatGPT supera los 500 millones de usuarios semanales. La tecnología ya no es una promesa futura; es parte del paisaje cotidiano.

¿Se puede subcontratar la creatividad?
La escena más reveladora del encuentro llegó desde un salón de clases. Un profesor de cine contó que exige a sus alumnos escribir sus guiones sin ayuda algorítmica. Quiere que enfrenten la hoja en blanco, que atraviesen la incomodidad de no saber cómo empezar. Su argumento era simple: si una persona nunca experimenta ese proceso, tampoco descubre si realmente disfruta crear. La historia resonó porque hablaba de algo que la tecnología todavía no resuelve. Ningún modelo puede sentir la frustración de una madrugada frente a una idea que se resiste a nacer.
Minutos después, una joven estudiante tomó el micrófono. Su preocupación era concreta. En un mercado laboral históricamente precario, ¿qué oportunidades quedarán para quienes buscan abrirse camino? La pregunta encontró eco en la experiencia de los propios panelistas. El periodismo ya enfrentaba dificultades antes de la llegada de la IA; ahora simplemente convive con una nueva capa de incertidumbre.
Curiosamente, la respuesta más tranquilizadora llegó desde la memoria. Un periodista veterano recordó cuando los teléfonos inteligentes parecían una amenaza para los camarógrafos. La tecnología avanzó, cambió rutinas y desplazó algunas tareas. Aun así, la necesidad de alguien que estuviera ahí para mirar, interpretar y contar permaneció intacta.
Cuando el encuentro terminó, el patio seguía iluminado por un sol implacable. Nadie parecía tener respuestas definitivas. Tal vez porque la pregunta central nunca fue si una máquina puede escribir una nota.
Toda tecnología cambia herramientas; la mirada humana cambia significados.
Mientras la gente abandonaba lentamente el patio, esa idea permanecía suspendida en el aire, como una conversación que todavía no encuentra su última palabra y que necesita otro espacio, otro conversatorio para poder continuar.

