A las diez de la mañana, Carlos abre su laptop en la mesa de la cocina. A su lado hay una taza de café frío y una libreta. Vive en un departamento de 38 metros cuadrados en la Narvarte, y ahí mismo contesta correos, toma juntas y, a veces, come sin levantarse. El trabajo híbrido le prometía flexibilidad. Lo que encontró fue otra cosa: una casa que ahora también es oficina.
En la Ciudad de México, el 35% de las personas trabaja bajo esquemas híbridos, según datos recientes de WeWork y PageGroup . La cifra suena moderna, incluso optimista. Pero cuando Carlos intenta concentrarse mientras pasa el camión de la basura o su vecino prende la televisión, esa modernidad se siente estrecha. Literalmente.
La trampa del consumo y la pérdida de identidad en el coffee-office
Hace unos meses intentó cambiar de escenario. Caminó hasta un café en la esquina. Pidió un latte, sacó la laptop y se quedó tres horas. Al final, la cuenta superaba los 150 pesos. “No es tanto”, pensó. Pero repetirlo tres veces por semana ya era otra historia.
La ciudad parece ofrecer soluciones, pero muchas tienen condición. Sentarse, conectarse, quedarse: todo pasa por consumir. Y eso, aunque no se note de inmediato, dibuja una línea invisible. Como explica Luciana Renner, directora ejecutiva de Fundación Placemaking en México, estos espacios “no son públicos; son transaccionales tienes que consumir para poder quedarte sentado, tener internet” .
Mientras tanto, en otras ciudades, la transformación es aún más visible. En San Francisco, más del 37% de las oficinas estaban vacías en 2023 . El trabajo ya no sucede en un solo lugar, y eso ha obligado a reinventar todo: desde edificios hasta rutinas. Stanford, por ejemplo, opera con escritorios reservables y días “ancla” para coincidir en persona . La oficina dejó de ser un sitio fijo; ahora es una cita.
Pero esa flexibilidad no siempre llega igual a todos. Carlos no puede reservar un escritorio en Stanford ni pagar un coworking diario. Su versión del híbrido ocurre entre la mesa del comedor y el ruido cotidiano. A veces, en medio de una videollamada, se queda viendo la ventana. Un árbol, dos coches estacionados, un perro que pasa. Piensa en lo que falta. No es silencio, exactamente. Es otra cosa: un lugar intermedio, un espacio donde no tenga que ser ni empleada ni consumidora al mismo tiempo.
El hacinamiento laboral y la salud mental
La reflexión de Luciana va más allá de lo económico y toca lo psíquico. El fenómeno del «hacinamiento laboral» —vivir, dormir y trabajar en la misma habitación está erosionando el bienestar de los trabajadores.
«Mentalmente creo que no contribuye a un bienestar… se vuelve necesario tener un lugar donde tener una distracción, un contacto mínimo con la naturaleza».
El desplazamiento no es solo físico; es emocional. La falta de un «tercer espacio» accesible obliga al trabajador a elegir entre el aislamiento doméstico o el pago por un asiento en la economía de servicios. La pregunta es: ¿cuándo dejará de ser el «escritorio» un privilegio de clase para convertirse en un derecho urbano?