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Tres Historias LGBTIQ+ de Amor y Descubrimiento Personal

Tres Historias LGBTIQ+ de Amor y Descubrimiento Personal

  • Parte II: Me Perdí Buscando Validación
Tres Historias LGBTIQ+ de Amor y Descubrimiento Personal Parte 2

Tengo 28 años y hace dos años me di cuenta que no me gustaban los hombres. A ver, toda la vida admiré mucho y me parecían preciosas las mujeres. Pero pensé que era porque quería ser como ellas. Había muchas famosas por las que me obsesionaba, me cambiaba el corte de pelo o el color para parecérmelas. Pero, siempre creí que era porque no me gustaba quien era.  Toda mi infancia fui una de las niñas grandes de la clase. Tenía una autoestima muy mala porque pensaba que una gorda no podía ser bonita. Usaba ropa grande que me cubría todo el cuerpo. No me arreglaba, pues no quería llamar la atención.

Era una romántica empedernida. Amaba las películas románticas y de Disney. Sin embargo, nunca creí que un príncipe azul me iba a venir a salvar y que viviríamos felices por siempre. Sin embargo, siempre quise un amor bonito. Pero, nunca quise ser la princesa. Me gustaban los personajes femeninos que eran unas “badass”. Creo que por eso me encantaba “Valiente”, porque era muy parecida a mí (no físicamente, pero en actitud). Era una rebelde, pero a escondidas. En el mundo real era una miedosa queriendo ser valiente, pero creo que eso era por mi baja autoestima. 

Cuando entré en la adolescencia, me obsesioné por adelgazar. Iba al gimnasio –¡siendo una niña de 14 años!– mínimo dos horas al día después del colegio. Comía muy poco y casi solo verduras y frutas. La gente me veía y me decía “mijita, qué bonita estás, ¿bajaste de peso?”. Me hacía sentir muy bien de a poquito. Sin embargo, todo se basaba en cómo se veía mi cuerpo. Los chicos empezaban a fijarse en mí, algo que nunca antes me había pasado, me sentía deseada.

Tuve mi primera cita con un chico 3 años mayor a mí –era de sexto curso y yo me sentía super cool–.  Empezamos a salir y poco después hubo una fiesta de su curso. Me llevó como su cita. Yo no conocía a muchas personas, eran de grados mayores y no había un solo amigo mío. Fue la primera vez que tomé algo de alcohol. Bailamos y nos fuimos afuera a tomar aire. Me empezó a besar, me sentí un poco incómoda, pero no dije nada. Después, se sobrepasó un poco. No hice nada, no le detuve. En mi cabeza, no debía decir nada para no alejarlo y no ser “aburrida”. Después de eso, me obsesioné un poco con él. Pero, yo era solo una niña y él ya buscaba alguien “más madura”. Una semana después de la fiesta me dejó. 

Estuve muy mal por mucho tiempo. Pensaba que había algo mal conmigo, que ¿debí haberle dado más? Regresaron a mí todos esos pensamientos de inferioridad. Ya no era gorda –que era lo que me hacía sentir mal antes–, pero me sentía sumamente fea y mi autoestima volvió a caer, incluso peor que antes. 

Después, buscaba salir con hombres para que me validaran y en cierto sentido me protegieran. No me gustaba estar sola, por lo que saltaba de una relación a otra. Y cuando no estaba en una, tenía relaciones con el hombre que se me cruzaba. Pero ese era otro de mis problemas. Pensé que era mala para el sexo, porque nunca disfrutaba y siempre empujaba a los hombres. Lo único que hacía era buscar satisfacer a la otra persona. Pero, lo buscaba una y otra vez. Era la manera en que sentía que alguien estaba atraído en mí. 

Pasé por relaciones muy tóxicas. Hombres que eran física y mentalmente abusivos. Hombres mucho mayores a mí –mis daddy issues–. Hombres que no me aportaban ni un poco. Hombres que ni siquiera me respetaban. Todas las red flags que se imaginan, fueron mis ex parejas. 

Mi última relación con un hombre se terminó cuando tenía 25 años. Al principio, él parecía un hombre bastante decente. Lo conocí en una app de citas y teníamos muchos amigos en común. Empezamos a salir y me obsesioné con verlo todos los días –viendo en retrospectiva, me doy cuenta que fue una obsesión con la búsqueda de sentirme querida, lo que llevó a que esté con él–, la verdad no me gustaba, pero me gustaba la atención.

Conocí a su familia y él a la mía. Todos lo amaban. En la intimidad, mi cuerpo se cerraba ante él. Ya me había pasado muchas veces antes, por lo que pensé que era normal. Pensé que sentir dolor era normal. No me gustaba hacerlo, me sentía mal, pero como siempre no dije nada. Pasaron un par de años de estar juntos y se volvió psicológicamente abusivo, hasta que llegó un día que decidí terminar todo. 

Caí en una depresión muy oscura. Tomaba pastillas que me hacían sentir como si fuese un zombie. Había días de días que no salía de casa, no me vestía ni me bañaba. Empecé a subir de peso nuevamente y eso influyó aún más en mi depresión. De a poco y con la ayuda de mis mejores amigas, familia y terapia salí del hueco. No por completo, seguí teniendo altos y bajos, pero los bajos ya no eran tan profundos. 

En la terapia, me di cuenta que había crecido siendo muy tóxica conmigo misma. Tenía un trastorno alimenticio, dismorfia corporal y muchas experiencias de mi niñez que impactaron en que esté tan vacía. 

Estuve un año –por primera vez desde los 14 años– absolutamente sola. No salí con nadie románticamente ni tuve novio. Pero, un día, cuando ya me sentía mejor y había sanado bastante en terapia, decidí descargarme las apps de cita de nuevo. Llené mi perfil, pero cuando llegué a la sección de “¿Qué buscas?”, me detuve a pensar, “¿hombres? ¿mujeres?”. Decidí poner ambos. Empecé a swippear y más daba likes a mujeres que a hombres. 

Una parte de mí dijo, okay entonces soy bisexual. Empecé a hablar con una chica con la que teníamos muchísimo en común, nos gustaba la misma música, los mismos programas, los mismos libros. Hablamos por mucho tiempo hasta que un día me dijo que quería conocerme en persona. Me puse super nerviosa, no sabía si hacerlo o no. Pero finalmente me animé. Busqué una cafetería lejos de mi casa, en la que sabía que no me iba a encontrar con nadie, y nos encontramos allá. No le avisé a nadie, ni a mi mejor amiga a la que contaba todo. 

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Llegué al lugar con un nudo en la garganta. Esperé unos minutos y vi a la chica de lejos. Mi estómago empezó a revolotear como loco, nunca me había pasado eso. Mis manos sudaban, mi boca se secaba y mis piernas no se quedaban quietas. Se acercó y saludamos de beso. Pedimos un café y nos pusimos a conversar. No podía quitarme la sonrisa de la cara –tanto que cuando regresé a mi casa me dolían los cachetes–. Nos quedamos horas de horas conversando y solo todo se sentía bien. Llegué a mi casa, me acosté y sentí una felicidad que no había experimentado nunca en la vida. 

Empezamos a salir muchísimo y me empecé a sentir genuinamente feliz. Un día, me vi con mi mejor amiga y ya no pude contenerme, le conté lo que estaba pasando. Me abrazó y me dijo, “me hace tan feliz, verte feliz”. Siempre supe que ella me iba a apoyar, pero se sintió muy bien verdaderamente escucharlo.

En ese momento, la idea de ser bisexual ya no estaba tan presente en mi cabeza. Me cuestionaba porque decía, toda la vida estuve con hombres, entonces me deben gustar. Pero, con el paso del tiempo, me di cuenta de que no era verdad. Siempre estuve con hombres porque pensé que eso era lo que debía hacer, porque buscaba tapar el vacío que la figura paterna que tuve dejó. A medida que fui sanando eso, me di cuenta que la admiración que tenía hacia las mujeres era además atracción, una atracción que nunca sentí hacia los hombres. 

Tiempo después, dejé de salir con esta chica, si bien era asombrosa, no me veía en una relación con ella. En ese tiempo, les conté lo que sentía a mi grupo más íntimo de amigas y todas me hicieron saber lo felices que estaban por mí. Poco después, conocí a una chica por TikTok –yo sé, soy la reina de conocer gente por redes sociales–, era artista y me gustó mucho. Salimos y al poco tiempo nos besamos. Ese primer beso fue lo último que necesitaba para estar 100% segura de que me gustaban las chicas. Nos hicimos novias y ha sido la relación más saludable que he tenido en toda la vida. Hay mucha comunicación, interés, respeto y sobre todo amor. 

Sin embargo, hay una cosa que lo arruina y es el hecho de que no he salido del closet en mi familia. Solo mi hermana sabe, pero no le he dicho al resto. Me muero del miedo de cómo reaccionarán. Es un problema, ya que no quiero que piensen que mi novia es solo mi amiga. Capaz y ya se lo imaginan, pero me muero del miedo de que esas palabras salgan de mi boca. Es algo que ya está afectando la relación, pero simplemente no puedo. La verdad es que no sé si lo logre, mi familia es un tanto conservadora –como todo el Ecuador– y no quiero perderlos. Capaz debería irme del país, mandarles una carta, que se vuelvan locos por un rato y de ahí regresar. Así me ahorro el drama ¿o no? Que horrible es que te importe tanto lo que piensan los demás. 

Anónimo

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