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Tres Historias LGBTIQ+ de Amor y Descubrimiento Personal

Tres Historias LGBTIQ+ de Amor y Descubrimiento Personal

  • Parte III: ¿Por qué?
Tres Historias LGBTIQ+ de Amor y Descubrimiento Personal Parte 3

Hasta el día de hoy, cada vez que cuento mi historia me da un poquito de pena y vergüenza. Es un sentimiento muy muy feo. He llegado a un punto en el que estoy orgulloso de lo que soy, de lo que me he convertido, pero cuando lo cuento, vienen a mí todos esos recuerdos que me marcaron de una u otra manera, muchas veces no tan positiva. 

Soy el único hijo de una familia un poco rota. Mi mamá murió cuando yo era muy pequeño y mi papá me crio desde ese entonces. No se casó ni estuvo con nadie –que yo sepa– hasta que tuve 21 años. 

Éramos muy unidos, éramos los dos contra el mundo. Desde muy pequeño, me di cuenta que era diferente, siempre fui más femenino que el resto de mis compañeros. Cuando era muy chiquito, eso no era un problema. Tenía muchos amigos y amigas, aunque siempre tuve más amigas que amigos. Jugábamos a la casita, nos inventábamos historias fantásticas y hacíamos obras de teatro. Cuando crecimos un poquito más, bailábamos coreografías de High School Musical en el recreo. Al principio, todo parecía normal. Pero, a medida que fui creciendo, se fue notando que no era igual al resto. A los 11 años, ya sabía que no me gustaban las niñas, sino que me gustaban los niños. La primera persona a la que se lo conté fue a mi mejor amigo en todo el mundo. Como éramos niños, no me dijo mucho. Simplemente, se fue alejando cada vez más y más. Y así, también el resto de los amigos hombres que tenía. Fue muy difícil, lentamente me quedé solo. 

Hasta ese punto, no le dije nada a mi papá, pero él sabía que algo no estaba bien –cuando crecí, me contó que la psicóloga del colegio habló con él y le dijo los rumores que había de mí en la escuela–, así que me cambió de colegio. Llegué y me escondí un poco, no mostraba “My true colors” porque no quería no tener amigos. La primera semana de clases pasé muy solo. En los recreos me iba a la biblioteca a leer–y esconderme– y después de clases me iba corriendo al bus para no tener que conversar con nadie. Una niña que estaba en mi grado iba en mí bus, vivía en el mismo conjunto habitacional que yo. Un día se sentó al lado mío y me empezó a conversar. Fue mi primera amiga del colegio y sigue siendo mi mejor amiga hasta el día de hoy. Me incluyó en su grupo –yo era el único niño– y jugábamos en los recreos juntos. Pero, no todo era tan lindo. Me empezaron a molestar los niños. Me escondían las cosas, en las clases de educación física buscaban hacerme daño en cualquier ejercicio que hacíamos, me decían “niñita” y muchas otras cosas. 

Un día llegué a mi casa llorando por lo mucho que me habían molestado ese día. Mi papá normalmente no estaba a esa hora en casa, pero ese día sí estuvo. Me vio que entre corriendo para encerrarme en mi cuarto. Me siguió, abrió la puerta y me vio. Se me acercó y me preguntó qué me pasaba. Recuerdo que le dije: “¿por qué no soy normal?, ¿por qué tienen que ser tan malos conmigo?”. Me dijo –en sus palabras, pero esto–, es muy aburrido ser normal y tú no eres para nada aburrido; la gente que es tu amigo, tiene suerte de serlo porque eres increíble. Nunca tuve que decirle “pa, me gustan los niños”, él ya sabía y me hacía sentir que lo hacía y que estaba bien. Después de eso, fue a hablar al colegio y denunciar a mis abusadores, pero no sirvió de nada. Los directivos decían que harían algo al respecto, pero nunca pasó. Es más, hablaron con alguno de los niños que me molestaban y solo provocó que me molesten aún más. 

Pasaron los años y aprendí a soportarlo. Tenía mi grupo de amigas que me apoyaban. Llegamos a la etapa en que las niñas y los niños se empiezan a atraer. Fue ahí que, muchos de los que me molestaban, empezaron a dejar de hacerlo. Buscaban a través de mí, llegar a mis amigas. Pero obvio, no les funcionó. Hubo un par que nunca dejaron de molestarme, pero ya no me afectaba tanto. 

Hasta que salí del colegio, nunca tuve mi primer beso, mi primer novio, mi primer nada. Veía cómo el resto de la gente de mi edad disfrutaba de su adolescencia, mientras que yo veía desde la galería. Era el amigo al que los chicos se le acercaban para llegar a la chica guapa. Y si, me divertía, pero yo también quería ser al que deseaban algún día. 

Nos graduamos y entré a la universidad. No cambió mucho, ya que la universidad estaba repleta de gente de mi colegio y colegios parecidos. Pero, pude conocer a otra gente queer, aunque éramos muy poquitos. 

Como me sentía solo, en las noches me metía a “Omegle”, una página web en la que hablabas con extraños random de todo el mundo. Una noche, como era rutina, me metí. Pasaron unos 30 minutos y apareció un chico que me pareció muy lindo. Empezamos a hablar de todo. No fue hasta que me fijé en el reloj y me di cuenta de que habíamos hablado por 4 horas. Intercambiamos nuestros usuarios de snapchat y seguimos conversando. Hacíamos videollamadas un par de veces a la semana. Lentamente, me fui enamorando. El único problema es que vivía al otro lado del mundo –bueno, en EEUU–. 

Hablamos por meses, hasta que me dijo que me quería, y claro que yo se lo dije de vuelta. Era un poco loco enamorarse por primera vez de alguien a quien nunca había visto en persona. Pero no me importó. Pasó un año y cada vez estaba más enamorado. La primera persona a la que le conté lo que pasaba fue mi mejor amiga. Se preocupó, pensó que podía ser un secuestrador o algo. Un día se lo presenté y se hicieron amigos –por videollamada obvio–. Llegó mi cumpleaños #20 y me mandó un regalo que le pidió a mi amiga que me dé. Era una caja con muchas golosinas, un hoodie y una cartita. Dentro de la cartita había una impresión, era un pasaje, ¡ME VENÍA A VER! Me emocioné muchísimo, en un mes conocería a mi chico. 

A la mañana siguiente me desperté con un pequeño ataque de ansiedad. Me di cuenta que nadie sabía de esta relación que había estado teniendo. Tenía que contárselo a mi papá, porque tenía que recibirlo en la casa. Tenía que contarle al resto de mis amigos y amigas. ¿Qué iba a pensar toda mi familia de esto? Nunca salí oficialmente del clóset, ¿Cómo lo iba a tomar todo el mundo? 

Una semana más tarde hablé con mi papá. Igual que mi amiga, se preocupó porque no sabía nada de él. Me pidió todas sus redes sociales y lo investigó. Sí, estaba muy preocupado, pero más que eso yo sé que estaba un poco celoso. Al final, soy su único hijo y esta era mi primera relación –y encima, super rara–. No se lo dije a nadie más, no sabía cómo y no me pareció tan importante. Además, las dos personas más importantes de mi vida ya lo sabían. Solo me faltaba una, mi abuela. Pero, yo sabía que no le podía decir nada. Si lo hacía, es posible que le dé un paro cardíaco o algo. Ya estaba muy mayor y para ella ser gay no era una opción. 

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Llegó el día en que llegaría. Me desperté super temprano, me di un baño profundo, alisté la ropa que me iba a poner –que me demoré en escoger semanas–. Estaba tan nervioso, me temblaba todo. Mi mejor amiga me acompañó, yo no podía manejar de lo nervioso que estaba. Llegamos y sudaba como un chanchito. Su vuelo se demoró un poco y eso solo hizo que me pusiera aún más nervioso. Como soy un overthinker, me imaginé lo peor. Hasta que se abrió la puerta de salidas internacionales y vi su cara. Tal como en las películas, nada más importó y corrí a abrazarle. No nos soltamos por minutos, yo me reía de los nervios y él también. Cuando nos separamos, me agarró la cara y me dio un beso. Sí, mi primer beso. Fue tan lindo, valió la pena que me haya esperado. No que me haya importado ese segundo, pero todo el mundo nos veía con cara de desaprobación. Con suerte tenía a mi amiga con una cara de felicidad que opacaba al resto. 

Pasamos dos semanas sin separarnos ni un segundo. Le llevé a conocer toda la ciudad y tuvimos un par de paseos fuera de la ciudad. No me hubiera imaginado que todo hubiese sido tan perfecto, pero lo fue. Llegó al final de su estadía y el último día fue el más duro y difícil que había vivido. Nos despedimos con la promesa de que nos veríamos en poco tiempo. 

El enamorarse viene cargado de soledad y confusión. Antes de que venga, no lo había sentido. Pero, desde que lo sentí real, vino a mí como un baldazo de agua fría. Quería estar con él y que alivie todos mis pensamientos. Pero, estábamos lejos. Este sentimiento hizo que lentamente la relación se vaya desgastando. No era barato viajar y ninguno de los dos tenía el dinero para hacerlo tan seguido. Llegó un día en el que no pudimos más ni él ni yo y terminamos. Fue muy difícil, fue mi primer amor y al primer amor nadie nunca lo olvida. 

Lentamente, fui sanando. No lo olvidé, pero por fin lo superé. Disfruté mis últimos años de la universidad, salí con más chicos y aprendí lo que necesito y busco en una relación.

Sé que algún día me voy a volver a encontrar con el chico de Omegle, pero cuando él y yo estemos en el mejor momento de nuestra vida. 

Anónimo

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